Por: Gonzalo Hermosillo
Negar lo que dijo es el primer recurso de Carlos Hernández Blanco, y con ese gesto se retrata solo: mentiroso, hipócrita y convenenciero. Lo primero que hizo, como hacen los miserables, fue buscar un medio afín para desmentirse de inmediato y presentar a su jefa como víctima.
¿En serio, Carlitos? ¿Te preocupa más el cargo que la gratitud con Mario, el hombre que te dio tu primer trabajo de secretario en su administración? ¿O aplicas, como siempre, el viejo lema de palacio: muerto el rey, viva el rey?
Negarle a Mario y tratar de exhibirlo como mentiroso es como si negaras lo que predicaba tu padre. Exponerlo así te desnuda: mezquino, sinvergüenza y oportunista. Pedirte arrestos en estos momentos es pedir peras al olmo; te faltan.
Negar lo que le dijiste a Mario Villanueva y tú lo sabes, Carlitos es un ejercicio inútil. ¿De verdad crees que la gente que lo aprecia pueda aceptar que don Mario miente?
Se entiende que cuidas la chamba y que intentas justificar el desorden que armaste. Pregúntate, si te queda un gramo de decencia, qué necesidad tendría Mario de inventar algo tan delicado. No tiene sentido.
¿Por qué no aceptas que llevaste un mensaje y que no supiste operarlo? Hasta para eso resultaste inútil. No te confundas: hay quienes ven a un tipo desesperado, aferrado a su insignificante puesto en la administración pública.
Lo que queda a la vista es un pésimo operador, un mediocre que no supo explicar el recado de su jefa y al que se le salió de las manos algo elemental.
Y aquí llega lo delicado.
Este mamarracho de la política se jacta de ser el fiel servidor de Cristina Torres. Si Cristina no dijo lo que se le atribuye, queda expuesto un hombre que usa el nombre de su jefa para encargos sumamente delicados. Si Cristina tuviera un gramo , un gramo, no pidamos más de inteligencia, lo separaría del cargo mientras investiga qué ocurrió.
Pregunto: ¿acaso Cristina le ha hablado directamente a Mario, en su carácter de exgobernador de Quintana Roo, para aclarar qué pasó?
¿O prefirió, otra vez, mandar al pelele de Carlos Blanco con la encomienda simple de “arregla este desmadre”?
Y lo peor es que volvió a fracasar. En lugar de apagar el fuego, Carlitos le echó gasolina y ahora deja a su suerte a la jefa, a ver si por fin la ilumina la inteligencia para enfrentar a un exgobernador dolido, resentido y, encima, llamado mentiroso.
Pinche Carlitos: qué desmadre armaste. Si estuviera en mis manos, te mandaría muy, pero muy lejos, a incomodar a alguien más.
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